Miguel de Oriol

De Oriol, Miguel

Miguel de Oriol

18 de Octubre  - 
18 de Noviembre

  • Sesenta y nueve
    chapa lacada | 200 x 244 x 58 cm
  • Estructura vosina I
    resina aluminio | 86 x 86 cm
  • Satan
    acero corten | 210 x 230 x 55 cm
  • Estructura vosina II
    resina aluminio | 86 x 86 cm
  • Estructura III
    varilla madera | 59 x 83 x 59 cm
  • Estructura vosina III
    resina aluminio | 86 x 86 cm
  • Eros
    chapa lacada | 195 x 235 x 55 cm
  • Leds III
    metacrilato led | 40 x 40 x 10 cm
  • Alcatraz
    chapa lacada | 205 x 196 x 58 cm
  • Leds IV
    metacrilato led | 40 x 40 x 10 cm
  • El Despegue
    chapa lacada | 230 x 52 x 56 cm
  • Sin titulo I
    plakene | 21 x 30 x 22 cm
  • El Pulpo
    chapa lacada | 195 x 235 x 55 cm
  • Sin titulo II
    plakene | 21 x 30 x 22 cm
  • Elipsoide B
    chapa lacada | 250 x 105 x 52 cm
  • Sin titulo III
    plakene | 18 x 31 x 35 cm
  • Tiburón Gris
    chapa | 175 x 208 x 33 cm
  • Soplado aerógrafo I
    tecnicolor sobre papel | 70 x 50 cm
  • Elipsoide A
    chapa lacada | 250 x 60 x 51 cm
  • Soplado aerógrafo II
    tecnicolor sobre papel | 70 x 50 cm
  • Erizo Magno
    chapa lacada | 100 x 150 x 150 cm
  • El Pliegue
    chapa lacada | 110 x 145 x 45 cm
  • Stella Matutina
    chapa lacada | 196 x 155 x 144 cm
  • A toda vela
    chapa | 49 x 123 x 69 cm
  • Leds I
    metacrilato resina | 87 x 87 x 17 cm
  • La Llama
    chapa | 207 x 90 x 98 cm
  • Leds II
    metacrilato resina | 87 x 87 x 17 cm

De Oriol, Miguel

Miguel de Oriol

La exposición

Arabesco

El verbo castellano “machihembrar” significa, en primera instancia, la acción de ensamblar dos piezas de forma que la parte saliente de una penetre en la ranura de otra. Esta acción instrumental, según se mire, entre cuerpos orgánicos o inorgánicos, produce un nuevo ser o cosa. Es, pues, equivalente a la cópula o coyunda sexuales, que se diferencian entre sí, si cabe, por el matiz de ligamento forzado que implica la segunda, un poco más próxima al vínculo matrimonial o, en general, a cualquier trabajo forzado. En cualquier caso, debe haber fruto en el machihembramiento para que, al margen del desahogo de la acción de acoplarse las partes, éste acto devenga creativo; esto es: debe producirse algo o alguien machihembrado. Algo o alguien nuevos, extraños, término este último muy aclaratorio porque sólo de lo entrañable puede surgir lo extrañable. Por lo demás, los machihembramientos pueden producirse de cópulas naturales o artificiales, siendo sólo las segundas las genuinamente divinas o artísticas, porque implican la creación de algo extraordinario a partir de lo ordinario, como se ilustra a la perfección en el relato mitológico de Hermafrodito, hijo de Ares y Afrodita, cuya belleza excitó a la ninfa Salmácide, la cual, atizada por el fuego amoroso, hizo hervir el agua donde el bello varón se bañaba hasta el punto de fundirse con él, generando un nuevo ser bisexual. Esta leyenda encadena, por tanto, el machihembramiento, la cópula y la coyunda con la fragua; esto es: con la acción conjunta de dos elementos antitéticos, el fuego y el agua, pero también con el proceso, la fórmula y el trabajo, la invención y la fatiga; en suma: la gestación operativa.

¿Me estoy yendo por las ramas? Seguramente; pero he de confesar, en mi descargo, que, tratando de explicar las esculturas de Miguel de Oriol, incluso previamente, ya me había perdido por todavía mayores alturas, porque sus machihembras aceradas, como él mismo titula sus obras, son el resultado de una coyunda aún más extraordinaria: la de la arquitectura y la escultura, una unión particularmente anti-natural en nuestra época, cuando el arte –y todas las artes- se han mutuamente insubordinado entre sí, de tal manera que, de darse una circunstancial conjugación, no producen sino, como ahora se estila decir, criaturas mestizas o híbridas.

El artista Naum Gabo (1890-1977) nos dio una buena definición al describir lo que estaba pasando con la escultura en nuestra época: “En lugar de esculpir o conformar una estatua a partir de un fragmento, la hemos construido como lo haría un ingeniero que crea una construcción a partir de nuestra imaginación, integrándola en el espacio”. Renuncio, ya de entrada, aunque debería esforzarme en ello, a narrar los enjundiosos entresijos que sostienen esta proclama revolucionaria, en la que inopinadamente se enlazan escultura, arquitectura e ingeniería, o, lo que es lo mismo, venustas, firmitas y utilitas, trinidad en un tiempo naturalmente hermanada y hoy fraguada a golpes del martillo del ingenio moderno.

Miguel de Oriol, afamado arquitecto y emboscado escultor, nos ha explicado el trance mental y vital de esta fecunda coyunda entre dos artes, que tienen en común el espacio, no fingido, sino real, tridimensional, ése que intimidaba a Baudelaire al considerarlo “brutal y positivo como la naturaleza”. Y Miguel de Oriol ha escrito: “Cuando proyectamos cuerpos arquitectónicos vestimos, con planos o superficies epidérmicas, los interiores, cuyas cubiertas pesan sobre el suelo: gravedad. Condicionantes que desaparecen al idear Arte puro en el espacio. Su única limitación sigue siendo la del peso, pero su aspiración esencial, la belleza, es perseguida sin compromisos”.

¿Se puede ser más claro? Nos está diciendo que, de repente, desde la firmitas, ha entrevisto y ha apetecido darse a la embriaguez creadora de la venustas, pero sin el lastre de la utilitas. Nos confiesa su vocación de artista sin cortapisas. Se declara dispuesto a volar. Ha ingresado en la cofradía de los que Ramón Gaya calificó como “pájaros solitarios”.

Tal es su poética como declaración vital: asumir otra perspectiva; en realidad: otra vocación. Ha escuchado una nueva voz, una llamada. Y ha respondido.

Pero ¿cómo ha armado y/o ahormado esta vocación, él que, desde siempre, se las ha tenido que ver con el espacio?. Ha tenido que idear redes o mallas. En primer lugar, una malla cúbica, y, a partir de ahí, echarse a volar con la imaginación hasta dar alcance a esa dimensión del espacio donde los límites están para ser desafiados y sobrepasados. Es el viaje a lo desconocido. La aventura. La exploración. El peligro. La embriaguez. Le bateau ivre, el derrotero del artista, que es puro o no es. Una excursión complicada por fuerza porque se enfrenta con lo complejo, con un horizonte polidireccional, que hay que saber recorrer de manera adecuada, elástica.

Pero volvamos sobre el machihembramiento, la cópula y la coyunda: la fecundación de los contrarios. El diálogo esencial para nuestra civilización funda el encuentro entre occidente y oriente, lo fi nito y lo infinito, lo racional y lo artístico, lo matemático y lo musical. El hombre se yergue. El hombre camina. Sí. Pero el hombre, sobre todo, quiere volar. Miguel de Oriol, arquitecto moderno, no ha podido obviar ese momento histórico, el barroco, en el que los cuerpos prismáticos se pusieron a danzar: cubos, rectángulos y esferas en fantástica coyunda súbitamente machihembrados. Pues no se puede nadie elevar indefinidamente sin el motor girovágico de la elipse, ese maravilloso difusor, cuya trepidante velocidad de aceleración, sin embargo, no se alcanza sin una contracción centrípeta. Bernini y Borromini. Dos arquitectos, sí, pero también precisamente dos escultores.

Traslademos ahora la cuestión al arte del siglo XX y su dialéctica entre lo real y lo surreal, los espacios construidos y los espacios soñados, los vuelos exteriores y los vuelos interiores. Las esculturas de Miguel de Oriol son, desde este punto de vista, muy estilísticamente machihembradas, porque se nutren de ambos caudales: el normativo y el imaginativo. Exploran el orden y el desorden. Partiendo de una matriz racional, arduamente aprendida y comprendida, Miguel de Oriol, español, tiende a ponerse el mundo por montera, sombrero elíptico, flanqueado por dos cuerpos esferoidales, dos mundos, en cuya coyunda convergen casi, me atrevería decir, que los cuatro puntos cardinales, pues ahí se encuentran, desde luego, el oriente y occidente mediterráneos, el orto y el ocaso de la civilización clásica, pero también, remontando la verticalidad de esta misma posición, el norte y el sur, el empuje fabril y la disipación estética. El escritor holandés Cees Nootemboom, en su hermoso ensayo titulado “Zurbarán, El pintor del misticismo”, apunta agudamente cómo la gran mística española, latente en la obra del genial pintor español, pudiera haber estado influida por los grandes teólogos iluminados del Norte, como Ruusbroek, Geert Groote, Tauler o el Maestro Eckhart, cuyas obras habían sido traducidas al español. Es posible. Pero, junto a estos ardores infl amantes que explican tantos ascéticos rostros de ojos fulgurantes, habiendo también captado con acierto Nootemboom la importancia de los pliegues y arrugas de los ropajes con que el maestro extremeño-andaluz eleva cualquier trapo de estameña de un fanático eremita o la seda suntuosa de una virgen o una santa a la categoría de simbólica más significativa, la de una coraza o carroza celestiales, me extraña que no haya reparado en la escritura cúfica de esta cursiva oriental, sostenida a pulso por los no menos ardientes visionarios árabes.

Aunque parezca que me pierdo por esta deambulación, me la inspiran, en realidad, las esculturas de Miguel de Oriol, que, consciente o inconscientemente, volens nolens, se nutre de estas fuentes antropológicas. Son esculturas que se elevan en diagonales curvilíneas, desplegándose en el espacio, como un estandarte flameante, de movimientos peristálticos. Si hubiera que encuadrarlas en la vanguardia del siglo XX, como, ya antes se ha sugerido, deberíamos buscar el antecedente del arte constructivo, pero en su vertiente dinámica, que va de Calder al arte cinético más estilizado. Es verdad, en relación con esto último, que las esculturas de Miguel de Oriol no se mueven de manera maquinal, sino por el efecto sutil de una contracción epidérmica, táctil, lo cual se ha conseguido con un laminado del acero de espesor tan milimétrico que un simple contacto deja a las delgadas hojas temblando. He aquí, pues, ¡un acero estremecido!.

Pero esta alquimia por la que lo mineral se transfigura en piel orgánica adquiere otros sorprendentes visajes al considerar su atrevida pigmentación, de una estirpe casi Pop. Lo es, en parte, por estar estas obras esmaltadas con brillantes colores de una forma casi siempre uniforme, de técnica mecanizada; pero también, cuando se aprecia la superposición de una impronta más figurativa en algunas, no pierde ese toque como industrial, con lo que eso implica de distanciamiento irónico. En cualquier caso, con o sin pigmentación coloreada, la estructura estilizada de estos artefactos aerodinámicos, aún estando anclados en un punto, se asemeja a la de los cuerpos voladores.

En 1910, un todavía muy joven y desconocido poeta llamado Saint-John Perse escribió Cohorte, donde rendía un homenaje al vuelo de los pájaros exóticos. Esta pasión por las aves prolongaría, nunca mejor dicho, su vuelo en la imaginación y en la escritura del gran poeta francés, pues, más de medio siglo después, recuperaría el primitivo texto, para acompañar, muy renovado, en 1962, la edición de doce aguafuertes coloreados del pintor Georges Braque, obsesionado por la imagen de los pájaros en su etapa fi nal. La publicación conjunta se tituló, sin más, Oiseaux, maravilloso término francés que vincula los pájaros con la vida ociosa. En la edición castellana, al cuidado de Esperanza López Parada, esta sensible poeta y estudiosa de la literatura afirma, en el prólogo de Pájaros (1933), que éstos, para Saint-John Perse, “evidencian la gravedad, burlándola”. En otro momento, que es un libro escrito “como una saga, una alternancia y un círculo en el que cada brazo, cada rama, cada sección representan una ida y un regreso, como las aves son estacionarias, nómadas y repetitivas”. Y, en fi n, concluye que “el pájaro no es más que la cifra de una complejidad mayor de la que todos constituimos parte y en cuyo destino somos transportados”.

¿Es raro que la contemplación de las Machihembras Aceradas, de Miguel de Oriol, me haya recordado y me haya incitado a releer Pájaros, de Saint-John Perse? Al fi nal de la estancia VII, el poeta escribe: “¡Ascetismo del vuelo!... El ser de pluma y de conquista, el ave, nacida bajo el signo de lo que se disipa, ha reunido sus líneas de fuerza. El vuelo le recorta las patas y el plumaje que esconde. Más breve que un aguilucho, tiende a la lisa desnudez de un proyectil, y llevada de un solo tiro hasta el límite espectral del vuelo, parece casi a punto de perder las alas, como el insecto después del baile nupcial. Es poesía de la acción lo que ahí se compromete”.

Al comienzo de este escrito sobre la escultura de Miguel de Oriol, me he demorado en el significado del término “machihembrar” y su afinidad con otros, como “cópula” y “coyunda”. Todos ellos describen muy bien la estructura, la forma y el significado de estas obras de Miguel de Oriol, pero, además, nos dan paso a rememorar otros acoplamientos subyacentes, como el conflictivo de las artes entre sí. En esta transversalidad, no en balde, se mueve este artista, alzando de esta manera el vuelo de los pájaros solitarios. Tiene una mente clara, pero empeñando toda la ciencia en sostener el arabesco.

Francisco Calvo Serraller

Dr. Arquitecto

Catedrático de Proyectos de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura

Universidad Politécnica de Madrid.

Machihembras Aceradas

El arte de la escultura y la pintura nace para ser mirado y disfrutado con la vista, no para ser explicado o justificado. El goce sensual es su objetivo supremo.

Sin embargo, razono mi vocación creadora:

Siempre me ha orientado el orden. Y, al mismo tiempo, me ha apetecido ampliar sus preceptos cuando se mantenían estáticos y fieles a la ortodoxia: pasar de las formas recordadas con nostalgia a descubrir las que surgen de una ilusión generadora.

Si la sistemática distribución, relación y proporción entre los escenarios habitados, propias y posibles con la geometría, permite su estructuración teórica y virtual;

Si su compartimentación tridimensional se organiza en torno y respecto a un centro o a un eje, según un código de simetrías y los cuerpos resultantes generan paz y tranquilidad con quietud que resulta pasiva;

Si, inquietos, creamos un desequilibrio parcial que descomponga el volumen inicial, nuestra tendencia atávica perseguirá la compensación, recreadora de un cuerpo genuino y cabal, en contrapunto;

Si, en el proceso, planteamos no uno sino una serie de desequilibrios, en todas y cada una de las tres dimensiones, los contrapuntos correspondientes y complementarios, compondrán una polifonía espacial dinámica, activa y sugestiva.

Cuando proyectamos cuerpos arquitectónicos vestimos, con planos o superficies epidérmicas, los interiores, cuyas cubiertas pesan sobre el suelo: gravedad. Condicionantes que desaparecen al idear Arte puro en el espacio. Su única limitación sigue siendo la del peso pero su aspiración esencial, la belleza, es perseguida sin compromisos. Para que la sinfonía, el cadencioso baile entre las formas, sea emocionante y seduzca, debe tensar al complejo volumétrico soñado, en cada una de sus partículas

componentes; que todas trabajen al unísono de tal manera, que una sola rasgadura las abata a tierra; con lo que el cuerpo boyante dejaría de vivir activo para quedar plano y desalmado, inerte.

Pero la tensión unidireccional no resulta agradecida, no basta, habría que contenerla con un contrafuerte y el cuerpo detenido se constreñiría artificiosamente. Así es como, en réplica natural, surgen las presiones positivas en connivencia equilibrante con sus homónimas negativas.

Puede estabilizarse entre ellas un pulso armónico si se sitúan en el espacio, en coloquio ordenado y respetuoso, propio de un esquema estático; pero, cuando realmente las fuerzas antagónicas juegan, arriesgan e inquietan, despiertan la curiosidad inquisitiva, conmueven, es al compartir una relación dinámica y asimétrica, para sentirse impulsadas hacia un equilibrio, resuelto solamente gracias a un giro morfológico inesperado.

Nuestros proyectos se materializan en láminas que, combadas, en acuerdo convenido con sus contrincantes, eligen sus curvaturas. Es entonces cuando pasan a ser cuerpos libres y espontáneos. No fingen. Parecen naturales.

Ay, ese “parecen” me duele, pero responde a la realidad: me obedecen; soy yo el culpable.

Miguel de Oriol e Ybarra

Doctor Arquitecto

Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Madrid, Junio de 2011

Biografía

MIGUEL DE ORIOL
Miguel de Oriol e Ybarra nace en Madrid el 1 de Noviembre de 1933. Cursa el Bachillerato que culminó con Premio Extraordinario. Estudia Arquitectura en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y obtiene sobresaliente en el Proyecto de Fin de Carrera, en Julio de 1959. Con una beca Fullbright estudia Urbanismo en la Universidad de Yale, en E.E.U.U., curso 1959- 1960. En 1964 obtiene el Doctorado en Madrid. En Junio de 1990 es elegido Académico de Número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Entre otras actividades ha colaborado a lo largo de 30 años con sus artículos, en A.B.C. y otros periódicos y revistas, además de ser el autor del libro “Ser Arquitecto” y de otras publicaciones. Suele ser ponente habitual en conferencias y mesas redondas.

Sus obras más significativas en Madrid son la Remodelación de la Plaza de Oriente, la Construcción del Edificio Torre Europa en el Paseo de la Castellana, Escuela de Música Reina Sofía de la Fundación Albeniz, dentro del entorno de la Plaza de Oriente, La Remodelación de la Casa de los Infantes (El Escorial), el Club de Golf La Moraleja, los barrios de La Rinconada, la Ciudad Residencial Club de Campo, para 5.000 habitantes, en San Sebastián de los Reyes, el conjunto Rosa Luxemburgo en Aravaca para 5.000 habitantes, y entre las que ha construido en el resto de España se destacan, La Universidad de San Sebastián, el Monasterio de Alcántara, La Residencia San Jaime en Estepona, El Ayuntamiento de Navalcarnero, etc...

Entre los numerosos premios concedidos a sus obras, destacan el primer premio del concurso restringido para la construcción del Edificio “Torre Europa”. Primer premio de arquitectura para la construcción de Eurocis. Premio ASPRIMA de Diseño de Edificio Singular y Premio Nacional “SERCOMETAL” a las Construcciones Metálicas. Primer Premio del concurso restringido convocado por la Sociedad Española de Radiodifusión (SER). Premio del Excmo. Ayuntamiento de Madrid por la “Remodelación

de la Plaza de Oriente”. Premio AIZPURUA a la mejor obra de arquitectura para Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa (E.U.T.G.) en San Sebastián. Varios accesit; Concurso del “Diseño Técnico del Nuevo Área Terminal del Aeropuerto de Madrid/Barajas”, Paseo del Prado (Madrid), Elviria en Málaga, etc...Premio del Ayuntamiento de Navalcarnero por la “Plaza de Alonso de Arreo”. El último galardón (2009), primer premio para el proyecto de Aeródromo entre Navalcarnero y El Álamo.

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